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La fabricación de pan en los viejos hornos de piedra aún se lleva a cabo en algunos cortijos de las sierras
Hay
tradiciones que aún se mantienen en nuestra provincia a pesar del paso
del tiempo y la llegada de la modernidad. Hay viejas costumbres que en
algunos lugares se siguen realizando de la misma manera que las hacían
nuestros ancestros hace miles de años. Una de esas actividades, que aún
se conserva y se hace como antaño, es la fabricación de pan en los
viejos hornos de piedra, hornos que aún aparecen adosados a las
viviendas de muchos cortijos de las sierras de Alcaraz y Segura.
Angelita Rodríguez, una mujer que vive en Rincón Cavero, una cortijada
de Yeste, situada a pies del Calar de la Sima, en un paraje
verdaderamente paradisíaco de las cercanías de Arguellite, sigue
elaborando el pan de esta manera tan tradicional, como así le enseñó su
madre hace muchos años. Allí vive junto a su marido Domingo y sus
suegros Cristina y Dionisio de cultivar unos pequeños hortales y de la
cría de un pequeño rebaño de ovejas segureñas, que pastan en los
frescos pastos de los alrededores del cortijo.
Aunque Angelita no suele hacer ya el pan semanalmente, como hacía años
atrás, cuando recibe la visita de la familia y sus trabajos para el
Ayuntamiento de Yeste y las tareas del hogar se lo permiten, hace
humear el horno y se pone a preparar el pan de esta manera tan
tradicional, aunque a la vez tan laboriosa. Para ello es preciso
elaborar la masa, para lo que se vierte la harina en una pequeña artesa
de madera, en la que se cierne con un cedazo para quitarle el salvado.
En esa misma artesa se amasa, mezclándola con la creciente (levadura) y
añadiendo agua caliente y sal.
Continua...
Mientras se mezclaba la masa con las manos se solían recitar unas
palabras, que Angelita pronuncia para no perder esa costumbre, al
tiempo que hace una Cruz en el aire con la mano: «por el Señor y su
Madre, por las tres personas de la Santísima Trinidad, por todos los
santos y santas y porque no salga ni dulce ni salado».
Una vez hecha la mezcla se deja reposar, tapándola con un tendido de
algodón, pequeña tela fabricada para éste y otros menesteres
domésticos. En invierno, cuando los fríos arreciaban, se solía emplear
un tendido de lana. Incluso si el ambiente era extremadamente gélido se
tapaba la masa con una manta o se ponían unas latas con ascuas bajo de
la artesa.
Cuando la masa sube, fermentada por las levaduras, un par de horas
después de amasada, se separa la creciente para la próxima cochura
(harina amasada para cocerla), guardándola en un recipiente de barro. A
continuación se da forma a los panes, sobando bien la masa, para que no
se formen grumos, y se reza la siguiente oración: «Dios que te ha visto
nacer, que te vea crecer. En el nombre del Padre, del Hijo y del
Espíritu Santo. Amén».
Antes de que termine de fermentar la masa por completo hay que preparar
el horno y cargarlo con gruesos troncos de carrasca o pino, que se
introducen en el interior con un hurgonero, horquilla de dos puntas de
hierro unidas a un palo de madera. Cuando la leña ha ardido se aparta
con un recogedor, especie de pletina de hierro doblada en ángulo recto
y provista de un largo mango de madera. Luego se barre con el barredor,
al que se ata un saco de arpillera en su extremo delgado.
Finalmente, tras tantear el suelo del horno con un puñado de harina, se
introducen en su interior con una pala de madera, tapándolo por
completo. Una hora después, aproximadamente, tras comprobar que se han
cocido, se sacan los panes y se colocan en una tabla para que se
enfríen. Ya fríos se guardan en un escriño de paja de centeno, cuyo
interior se recubre con un tendido de algodón. El siguiente, y último
paso, es probar los panes, y éstos mejoran en muchos puntos, en cuanto
a su sabor, al pan que se fabrica de manera industrial.
La construcción de los hornos de pan en las sierras de Alcaraz y Segura
era obligada en todos los cortijos y aldeas, pues su lejanía a las
principales poblaciones impedía la llegada del panadero. El material
empleado era la piedra y el barro, el mismo que para las viviendas, que
luego se lucía con cal por el exterior. El interior se cubría con
arcilla, que se cocía tras prenderle fuego al horno.
Hoy día los modernos medios de comunicación, la construcción de
carreteras y pistas forestales, el abandono de los viejos cortijos y
caseríos y la fabricación de pan de manera industrial en los modernos
hornos eléctricos, está llevando a la desaparición de este tipo de
construcciones, auténticas reliquias del pasado.