Hace pocos dias, visitando el blog de Peñarrubia, gestionado por Catalán de la Mancha, amigo y colaborador de El Portalico, me encontré con un artículo muy interesante que se llamaba "Las cruzes de Yeste", este artículo recuerda los acontecimientos del 29 de mayo de 1936 en el que morian cobardemente asesinados varios vecinos por la Guardia Civil, acontemientos de conmocionaron a la sociedad española de la época, este artículo lo escribía JUAN GOYTISOLO el 17/11/1981.
Fotos de lugar donde murieron varios vecinos de Yeste.
Indemne, inexorable, porfiada: exactamente como la recordaba desde el
día en que, dieciocho años antes, la descubrí a la vera de la cuneta,
en el trayecto en zigzag de la carretera, al pie de un desmonte árido y
calcinado. Una cruz de piedra con un zócalo escueto, cuya inscripción,
aunque raspada hoy por mano justiciera, se lee, no obstante, con
dificultad:RIP
Aquí fueron asesinados
por la canalla roja
de Yeste cinco
caballeros españoles
Un recuerdo y una
oración por sus almas.
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El viajero conserva un recuerdo nítido del paisaje, como si su memoria,
a lo largo de ese tiempo, lo hubiese preservado de la polilla
convocando, con concurrencia obsesiva, una serie condensada de cuadros
escénicos. Espartizales, alberos, canchales, campos de almendros,
revividos con aleve e implacable nostalgia, configuran espacios nunca
perdidos, emergen súbitos y precisos, cobran inesperada tangibilidad.
La ronda de estaciones gira monótonamente y el sol brilla, como
siempre, con fanática obstinación: las mismas alquerías enjalbegadas,
los mismos vareadores y rebaños, las mismas colmenas minúsculas
desdibujadas por el calor. Cuando el terreno cambia y verdean los
pinos, la sonrisa inefable de alguien que toma por Adolfo Suárez y
resulta ser Manolo Escobar irradia desde un cobertizo construido en el
cruce del camino que lleva a la presa de la Fuensanta.
(Continua)
El forastero acecha la superficie azul del embalse, cuyos brazos y
ensenadas se extienden hasta las revueltas de la carretera y descubre
tan sólo una desolación ocre, la escalonada superposición de estratos
que altea y roza los bosques de la pendiente opuesta, como la maqueta
destinada a la lección de geología en un cursillo de historia natural.
La sequía ha mermado el nivel de las aguas a cotas nunca vistas: los
valles del Tus y Segura, anegados desde hace 47 años, activan de golpe
recuerdos amargos y exhuman sin quererlo episodios e historias
evocados, kilómetros antes, en el pétreo rencor de la cruz.
Como
el revelado de una fotografía en la cámara oscura descubre
paulatinamente los contornos, figuras, colores del negativo tratado o
la operación de reconstituir un palimpsesto recupera la escritura
original subyacente y borrada, así el desagüe progresivo del embalse
restablece la visión del universo sumergido cuyo anegamiento debía
suscitar la tragedia del 29 de mayo de 1936: el pantano, al menguar,
enflaquece y escurre hacia el cauce de los ríos que lo alimentan y los
meandros del Tus serpentean entre los antiguos campos de cultivo,
cubiertos ahora de un limo reseco, arcilloso. Aquí y allá campean
vestigios de viviendas, el puentecillo intacto de la vieja carretera,
las ruinas desnudas de la fábrica de harina, la existencia abrogada de
una comunidad montaraz. Las vegas ribereñas sembradas antes de la
construcción del embalse, el curso fluvial por el que los pineros
arrastraban la madera ilustran la magnitud del drama fraguado por el
paro, caciquismo, miseria, abandono de los poderes públicos. La feroz
represión que en 1939 se abatió sobre Yeste y las pedanías cercanas
sumió a sus habitantes en una campana neumática de aislamiento, recato
y silencio que debía perpetuarse casi cuarenta años. Cuando visité el
pueblo en 1963, la gente hablaba a murmullos de lo sucedido y daba la
callada por respuesta a mis preguntas curiosas e ingenuas. Como tuve
ocasión de comprobar en seguida, su reserva tenía un fundamento real.
Las
cruces conmemorativas escoltan la comarcal 3.212 hasta la entrada misma
del pueblo. Allí, el despegue económico de los sesenta ha modificado
sensiblemente el cuadro escénico de mi memoria: estaciones de gasolina,
sucursales bancarias, edificios modernos, un aumento espectacular del
parque de automóviles. Incólume, en cambio, como en el recuerdo, la
maciza casa cuartel de la Guardia Civil.
Para abarcar a Yeste a
vista de pájaro hay que tomar la carretera forestal que desboca en el
río Mundo y culebrea luego a lo largo del lecho por un panorama abrupto
y grandioso. Los cipreses del cementerio, a la izquierda, señalan el
punto ideal de contemplación. El pueblo se acurruca y hace piña en
torno a la mole del castillo y el campanario de la iglesia descuella
señero sobre el verde remoto de las montañas. En los nichos encalados
del camposanto, lápidas e inscripciones evocan todavía a los "gloriosos
caídos por Dios y por España". Los que cayeron por rebelarse contra un
hambre, abandono y opresión seculares se pudren, siempre anónimos, en
la indignidad de la fosa común.
Un kilómetro después reconozco la
curva de la carretera donde ocurrió la matanza de campesinos por las
fuerzas del orden enviadas por el cacique. La boca de la atarjea donde
se refugiaron los heridos y en la que fueron rematados sin piedad
cuando intentaban arrastrarse hacia los olivares. La cuesta escarpada
desde la que los guardias dispararon sobre la multitud. Ninguna cruz,
ninguna lápida rememora a los dieciocho españoles que perdieron la vida
entre los, pinos, arbustos y zarzas, en aquel escenario agreste y
soberbio. Cielo, oraciones, gloria póstuma siguen siendo patrimonio
exclusivo de aquellos a quienes la fortuna sonrió desde su nacimiento.
Nuestra sociedad prolonga a la vida futura su inconmovible voluntad de
estratificación.
Carretera abajo, bosques espléndidos arropan las
estribanías de la sierra y el ausente localiza a la izquierda el frágil
puentecillo de tablas que, por sinuosidades y angosturas de piso
terrero, orienta a la pedanía de La Graya. La aldea bravía de donde
partió la cuerda de presos, detenidos por carbonear en los antiguos
terrenos comunales, ha sobrevivido victoriosamente a varios decenios de
pruebas, diezmada primero por la guerra, duramente castigada después
por los rigores de la depresión. Un temor infundido durante tantos años
no se disipa fácilmente: según el amigo de la CNT que me acompaña con
objeto de preparar un documental amateur sobre los hechos narrados en Señas de identidad,
uno de los escasos sobrevivientes que fueron testigos de la matanza
huyó a la montaña para eludir las preguntas formuladas por él y otro
compañero de sindicato, temeroso, al parecer, de que por exponer sus
recuerdos ante la cámara, las autoridades provinciales democráticamente
elegidas le privaran de su modesta pensión de ancianidad.
Con
todo, cinco años después de la muerte del dictador, las bocas empiezan
a descoserse y el forastero no topa ya con el muro de recelo contra el
que se estrellaba a cada paso durante su estancia anterior. En Yeste
pudo conversar con varios vecinos de lo acaecido el 29 de mayo, de la
vindicta popular del siguiente verano, del desquite final de las clases
pudientes al concluir la guerra civil. En Elche de la Sierra, durante
los encierros, encontró al "personaje" que, con el seudónimo de Arturo,
aparece en algún pasaje de la novela: denunciados, sin duda, por algún
alma caritativa, no había vuelto a saber de él desde el día en que la
Benemérita les interrogara por separado sobre el contenido y propósito
de sus conversaciones y le conminara a abandonar inmediatamente el
lugar. Al fin, pudo conocer su verdadero nombre: Antonio López Sánchez,
miembro del PSOE desde la época de la República y actual propietario de
un almacén de hierros de Hellín. Gracias a él, a su actitud ejemplar,
le fue posible reunir una serie de datos sumamente valiosos para su
trabajo en aquellos difíciles tiempos.
Durante mi recorrido por
Alcaraz y Ayna, Molinicos y La Bienservida, Letur y Riópar, a través de
una de las comarcas más bellas y desconocidas de la Península, he
podido comprobar una vez más el desajuste existente entre nuestras
zonas urbanoindustriales y el descuidado y huraño universo rural. Las
transformaciones políticas del país desde la muerte de Franco se
manifiestan en el último remotas y desvaídas, como un simple rumor
filtrado por los televisores y sin gran incidencia real en la vida
diaria. Mientras las escasas librerías que he hallado no venden EL PAIS
ni, en general, la Prensa democrática, la distribución de El Alcázar se lleva a cabo sin problemas. Los locales de Fuerza Nueva sobrepasan en vistosidad y número a los de Comisiones Obreras o UGT.
El
nivel de vida de los pueblos ha mejorado desde la fecha en que escribí
mi novela, y se respira sin duda con mayor libertad; pero una simple
Ojeada a los mecanismos de control político-económico actualmente
vigentes prueba también de modo palmario que el bando vencedor en la
guerra sigue ejerciendo con mano firme su dominio tradicional. Sin
proponerme en absoluto reabrir heridas ni escarbar en lo que permanece
y debe permanecer enterrado, señalaré en cualquier caso la
incongruencia de que en 1981 se mantengan inscripciones insultantes
para todo un pueblo como la que reproduzco al comienzo del artículo y
se silencie, en cambio, el drama de docenas y docenas de familias que
osaron alzarse y combatir por unos ideales de libertad y de justicia
inscritos no obstante en la Constitución. Ignorarlo aún equivale a
perpetuar neciamente los vejámenes de un pasado siniestro, que todos
los españoles, so pena de volver a las taifas, deberíamos esforzarnos
en exorcizar.
Fuentes:
Blog de Peñarrubia
El País
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